A un pequeño pueblo de la provincia de Teruel llego Miguel, un joven mochilero que quería recorrer España “de cabo a rabo” como decía el. Era un pueblo muy pequeño pero que hasta cosa de un siglo antes había sido muy importante por sus minas de carbón. Tenía una hermosa estación de tren que, en otra época, hizo que hubiera un gran bullicio en sus andenes por todas las personas que subían y bajaban de los trenes que pensaban allí.
Se recorrió el pueblo hablando con los pisanos que quedaban. Uno de ellos le contó que en aquella hermosa estación, cada noche del 4 y 5 de mayo, sucedía algo extraño; todos los que lo habían visto se habían tardado en asimilar lo que habían visto, Miguel se quedó muy extrañado de que el hambre no quisiese contarle qué era aquello que sucedía y que era tan perturbador.
Como justo ese día era 4 de marzo pensó en ir a la estación y ver con sus propios ojos lo que sucedía. Eran las 10 de la noche cuando llegó, la estación estaba vacía, no había nadie ni allí ni en los alrededores. Se sentó en un hermoso banco blanco que relucía en esa noche de luna llena. Pasaron las horas muy lentamente; Miguel, sin querer, se quedó dormido plácidamente, se había abrigado bien porque las noches en esos lares eran muy frías, heladoras.
Sobre las 12 de la noche algo lo despertó, no sabía qué había sida si una ráfaga de aire o qué.
En ese momento notó que no estaba solo, unas sombras s dibujaban a un lado de la estación. Se levantó poco ver mejor quienes eran; intrigado se fue acercando poca a poco al lugar donde veían las sombras; las conversaciones giraban, sobre todo, sobre los desastres provocados por la guerra y la cantidad de hombres jóvenes que habían perdido la vida en otra guerra sin sentido.
Miguel no veía bien aquellas sombras ya que una gran nube había tapado la luna llena. Lo que sí pudo distinguir fue una sombra que destacaba entre las demás. Entrecerró los ojos para ver mejor y creyó ver a una hermosa joven que vestía de blanco y que se movía nerviosamente cómo esperando algo o a alguien. En ese momento se escuchó el pitido de un tren; todas las personas se movieron inquietas. El tren llegó a la estación, pero, cosa extraña, era un tren de vapor y él no bajó ni subió nadie a pesar de que las sombras se movían hacía él. La hermosa joven sólo miraba como buscando a alguien que no llegaba.
En ese momento sonó un gran explosivo, Miguel cayó hacia atrás golpeándose la cabeza contra el banco.
Cuando despertó se encontró en una cama que no conocía y al lado, el paisano que le había contado la extraña historia. Miguel intentó hablar, pero no le salía ni un solo sonido, no lo entendía. El paisano le dijo que sabía que sabía que había estaba en la estación, el mismo lo recogió y le curó la herida de la cabeza. Sabía que había visto las sombras y a la hermosa joven pero que no sabía que había sucedido ni que era esa explosión. El hombre le contó que habían asolado España, ese pueblo había estado al lado de los carlistas estos se oponían a que la hija de Fernando VII, Isabel, subiese al trono porque según la tradición, el trono de España, lo heredaban un hombre no una mujer.
En la noche del 4 y 5 de marzo de aquel año, la estación se encontraba repleta, no cabía una aguja; en el tren venía los jóvenes que un día fueron a la guerra y los esperaban con impaciencia, entre ellos la hermosa joven que había visto y que esperaba la llegada de su prometido. Justo en ese momento un grupo de insurgentes que no aceptaban que la guerra había terminado y que ellos habían perdido, cañonearon la estación matando a todos los que allí estaban. Cuentan que sus almas se quedaron allí varados repitiendo año tras año, lo sucedido.
La gente del pueblo construyó la hermosa estación que hoy está. Un poco más allá de la anterior para hacer un pequeño homenaje a aquellos que perdieron la vida de aquella matanza tan absurda, cuando había acabado la guerra, pero, un grupo de rebeldes, que no quería que terminase, mató a aquellas personas inocente que esperaban el regreso de sus padre, hermanos, hijos o novios que volvían a casa.





